Leyendas Mexicanas

Leyenda de la mujer sin rostro




Se dice que tiempo atrás vivía en las afueras de Oaxaca, una madre con dos hermosas hijas de 17 y 13 años. Se rumoraba de ella que era una bruja, pues tenía una malformación en su cara, la acusaban de causar muerte tan solo con la mirada, y la repudiaban al verla andar por la calle.

Transcurrido el tiempo con tantas burlas a cuestas, ella se recluyó en su casa, pidiendo a sus hijas que trajeran las muñecas más hermosas que pudiesen encontrar, para cortarles la cara y cubrirse el rostro, aunque no fuera por completo, pues lógicamente las muñecas eran más pequeñas que ella. Leer Leyenda completa AQUI

Leyenda de la siguanaba




Una de las múltiples apariciones nocturnas de México y Centroamérica es la Siguanaba, es una mujer espectral, vestida de blanco, de larga cabellera negra, con un cuerpo sumamente atractivo, pero con cabeza de caballo y que se aparece por lo regular a hombres que son infieles y gustan de vagar en la noche buscando aventuras nocturnas. Se hace seguir, por ellos, sin dejarse ver el rostro.

La Siguanaba aparece en áreas rurales y poco pobladas, siempre ante hombres que caminan por la noche, asustándolos o matándolos. Conduce a sus víctimas a barrancos o desfiladeros, atrayéndolos a cuerpos de agua para ahogarlos o simplemente matándolos del susto al ver su horripilante cara de caballo. Leer Leyenda completa AQUI

Leyenda del Callejón del Armado




Era costumbre en México que muchas de las calles llevaran el nombre de un suceso significativo de la época, o de un personaje famoso aunque no ilustre. Fue así que entretejiéndose historias, se encontraban calles llamadas, El Callejón de la Muerte, el Callejón del Diablo, La Calle de la Quemada, etc. Y en esta ocasión mencionaremos aquel suceso que dio nombre al “Callejón de Armado“.

Fue por allá en el siglo XVI, que existió un misterioso hombre rico, callado y triste que tenía por costumbre salir por las noches de su casa con rumbo al Convento de San Francisco, entraba en la capilla del Señor de Burgos y arrodillado, rezaba y lloraba. No hubo quien preguntara por sus penas. Aunque lo veían salir del Convento y visitar el resto de las Iglesias de la Ciudad, llorando en cada una de ellas, hasta altas horas de la noche cuando regresaba a su casa. Leer Leyenda completa AQUI

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