El tocadiscos maldito

En uno de mis últimos intentos por conseguir adaptarme a un grupo de amigos, accedí a conocer a unos chicos que no eran tan populares, y tampoco eran tan desconocidos de pueblo, por lo que de esa manera creo que eran los más adaptados a mi estilo.

Si bien teníamos mucho en común entre los integrantes de ese grupo de amigos y mis hábitos comunes, había algo que no me gustaba de ellos, y es que estaban acostumbrados a realizar una gran cantidad de travesuras, pero al ser uno de los últimos grupos en los que podía encajar, yo accedí a acompañarlos en todas las travesuras que hicieran.

Un día decidimos ingresar a la sala de juegos del padre de un vecino, el cual había muerto hace años, pero esa sala se encontraba en perfectas condiciones, y tenía muchos atractivos para nosotros puesto que allí había botellas de alcohol, juegos de mesa, revistas, cartas e incluso hasta una inmensa colección de discos antiguos y un tocadiscos. Al estar ya allí dentro decidimos poner música para ambientar la sala, y de esa manera poder divertirnos, pero al buscar entre los discos simplemente encontrábamos títulos verdaderamente extraños en un idioma que no comprendíamos, por lo que decidimos poner el primero que encontrásemos.

Al pasar un rato uno de mis amigos comenzó a bailar al ritmo de los tambores, algo que en un principio nos pareció bastante gracioso, por lo que no le dimos importancia. Pero al cabo de un tiempo él seguía bailando, a pesar de que nadie lo esté viendo. Al advertir eso vi que otro de mis amigos también comenzó a bailar al ritmo de los tambores. Al pasar un rato todos mis amigos estaban bailando, menos yo que me encontraba sentado, aunque me veía atraído por la música.

Me comencé a sentir mal, puesto que mis ojos se me cerraban y veía todo borroso, además de las alucinaciones que comencé a tener, ya que veía que unas sombras movían a mis amigos, pero al esforzarme para ver mejor vi que no eran alucinaciones y que era lo que verdaderamente estaba sucediendo. Por lo que decidí correr lo más rápido posible hasta afuera, en donde me sentí mucho mejor, y no quería volver a entrar por las voces que oía y el miedo que sentía.

Al cabo de algunos días volví a verlos a mis amigos, pero ya no sentían la necesidad de hacer travesuras, ni tampoco de divertirse demasiado, había cambiado mucho en ellos.

Este es uno de mis cuentos cortos favoritos que les cuento a mis hijos al ver que están queriendo adaptarse a un grupo de amigos, haciendo todo lo posible para conseguir ganarse una amistad forzada.

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