Cuento del camino al infierno

Los coyotes aullaban más fuerte que otros días, también de un modo diferente, la desesperación que transmitían era tal, que mucha gente pudo jurar que los escuchó gritar palabras de advertencia.

Las viejas del pueblo se santiguaban, dirigían la mirada hacia el cielo, pidiendo protección para el mal que se avecinaba, aunque aún no lo tuvieran frente a ellos; los hombres guardaban los animales, aseguraban puertas y ventanas; los niños reunían velas, y algunas cobijas en el centro de una habitación.

Es que los animales no se equivocan, había presagiado ya el infortunio, ignorarlos solo empeoraría las cosas, así que las personas hacían su parte, acuartelándose en casa y encomendándose a Dios para sobrevivir a cualquier calamidad que estuviera a punto de suscitarse.

Mientras todos aprietan con fuerza a algún miembro cercano de la familia, los coyotes lloriquean y se le escucha correr despavoridos. El miedo crece ante las personas que se encuentran prácticamente ciegas a lo que ocurre afuera, solo oyen las ramas crujir, los gemidos y el fuego expandiéndose por cada rincón, causando que el humo entre por las rendijas de sus viviendas e impregne todo con olor de azufre.

Ahora todos se santiguan, una y otra vez, pronunciando: —¡Ave Maria! —y—Líbranos señor de todo mal —pues el peor de los males está cerca, el Demonio mismo se abre paso por el pueblo, pues ha escogido ese lugar como corredor cada vez que visite la tierra. Para mala suerte de los pobladores, emergió de las profundidades del averno sin ningún aviso, y será lo mismo cuando vuelva a sus dominios, solo dejará a su paso, fuego, cenizas, el apestoso azufre y cientos de almas aterradas al descubrir que estaban viviendo en el camino al infierno.

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